lunes, 30 de abril de 2012

El caso de Argentina
El ocaso del neoliberalismo en América Latina



El pensamiento neoliberal y la aplicación de sus políticas han dañado durante muchos años el bienestar y calidad de vida de las clases populares de los países de la Unión Europea, incluyendo España. La desregulación de los mercados laborales y de los mercados financieros, la privatización de los sectores claves de la economía, la reducción del gasto público, incluyendo el gasto público social, y la dilución de la protección social han sido las constantes en las políticas promovidas en la Unión Europea por el Banco Central Europeo, por la Comisión Europea, por el Consejo Europeo, y al otro lado del Atlántico por el Fondo Monetario Internacional y por el Banco Mundial.

Tal pensamiento también dominó América Latina durante muchos años cuando, país tras país, se vio la imposición de tales políticas que causaron un gran malestar y agitación social entre sus clases populares, lo cual explica las represiones que los gobiernos de aquel continente tuvieron que realizar para imponerlas. El caso de Chile bajo el General Pinochet fue el caso más extremo, pero no fue el único. Toda una retahíla de gobiernos, algunos dictatoriales, otros escasamente democráticos, de cariz autoritario, impusieron tales políticas a un coste humano y económico elevadísimo. El Center for Economic and Policy Research (CEPR) de Washington ha comparado indicadores económicos y sociales de América Latina antes y después de aquella época y la comparación es claramente negativa para la época neoliberal (caracterizada por un menor protagonismo del Estado), y no sólo en relación a su crecimiento económico, sino también en el crecimiento del Estado del Bienestar y de la protección social. (ver Navarro, V. Los “malos” gobiernos populistas latinoamericanos, 20 de enero de 2012 en www.vnavarro.org).

Ahora bien, aunque estas políticas neoliberales continúan siendo las dominantes en la Unión Europea, no es así en América Latina donde, con la excepción de Colombia (el país del mundo que tiene mayor número de asesinatos de sindicalistas) y algún otro país, pocos, tales políticas han dejado de dominar sus vidas económicas y sociales. Una de las primeras rupturas con el neoliberalismo fue el gobierno de Argentina que, en 2001, rompió la paridad que la moneda argentina tenía con el dólar. Aunque Argentina tenía moneda propia, el peso, en la práctica la fijación de tal moneda con el dólar estadounidense implicaba que no tenía potestad para cambiar su valor, perdiendo con ello uno de los instrumentos más importantes para estimular la economía, mediante la devaluación de la moneda. Tal fijación peso-dólar había conducido a Argentina (durante el periodo 1998-2001) a tener la mayor recesión conocida en su historia. Fue en aquel periodo, durante los gobiernos del neoliberal y corrupto Menem y de Fernando de la Rúa, cuando el Ministro de Economía argentino indicó con toda franqueza que el éxito de su política económica dependería más del Ministerio del Interior (encargado de la Represión) que del de Economía. Pero la ciudadanía no aguantó. El resultado fue que el gobierno Argentino rompió la paridad de su moneda con el dólar, desoyendo así la voz del Fondo Monetario Internacional, que había condicionado su “ayuda” a tal fijación del peso argentino al dólar. Lo que Argentina hizo sería comparable a que España dejara el euro.

Como era de esperar, la reacción unánime del FMI, del Banco Mundial, de los establishments europeos y del gobierno federal de EEUU, fue de condena, señalando que tal medida sería un desastre para Argentina. La devaluación de la moneda significaría, según tales establishments, que el valor de la deuda pública argentina sería menor, pagándose a los acreedores menos de lo que estos esperaban. De ahí que concluyeran que a Argentina le sería imposible pedir dinero prestado de los mercados financieros, colapsando con ello su economía. Pues bien, todos aquellos establishments erraron en sus pronósticos. A partir de entonces, Argentina creció enormemente (fue el país que creció más rápidamente en Latinoamérica), reduciendo la pobreza, incluyendo la pobreza extrema y aumentando tres veces su gasto público social durante el periodo 2001-2010. No sorprendentemente la presidenta Cristina Fernández de Kirchner –odiada por los neoliberales- fue reelegida en las últimas elecciones legislativas por un 54% de votos.

La nacionalización de la compañía petrolera argentina

Pero este proceso de ruptura con el neoliberalismo en Argentina ha continuado con la nacionalización de la compañía petrolera YPF, la cual había sido privatizada durante el periodo neoliberal del gobierno Menem, cuando Repsol, la compañía petrolífera española, pasó a tener el 57% de sus acciones. Con tal nacionalización, el gobierno argentino pasará a tener el 52%, controlando tal compañía. Como era de esperar, el gobierno de España, las élites que dirigen la Unión Europea y el FMI, los paladines del neoliberalismo, han condenado tal medida, augurando un desastre para Argentina. Una voz histriónica en este sentido ha sido predeciblemente la del Sr. Xavier Sala i Martín, “Repsol és només el principi” (“Repsol es sólo el principio”), La Vanguardia (23.04.12).

El argumento que utilizan es que Argentina no encontrará instituciones que le presten dinero ni experiencia técnica para expandir la producción del petróleo en aquel país. Lo mismo se dijo, por cierto, cuando el presidente Hugo Chávez nacionalizó una serie de compañías extranjeras (cemento, acero y otros sectores), incluyendo algunas de EEUU; y cuando el presidente Morales de Bolivia nacionalizó las compañías del petróleo y producción de gas, telecomunicaciones y electricidad; y cuando el presidente Rafael Correa del Ecuador, nacionalizó las compañías de distribución del plátano. Pues bien, ninguno de los vaticinios de desastre se ha cumplido. Uno de los vaticinadores fue Moisés Naím, colaborador de El País y que fue en su día miembro del equipo económico del presidente Carlos Andrés Pérez, de Venezuela, que promovió el neoliberalismo en aquel país, y que ahora concluye que tales medidas en Argentina llevarán a la ruina del país (“Cristina, Petróleo y Psicoanálisis”, El País. 21.04.12). Según Moisés Naím, que considera Colombia como el modelo a seguir para América Latina, la nacionalización caracteriza a los países con economías mediocres. Una postura casi idéntica aparece en el citado artículo de Sala i Martín. Moisés Naím y Sala i Martín, para llegar a sus conclusiones, deliberadamente ignoran algunos hechos. La gran mayoría de países productores de petróleo tienen empresas públicas (no empresas privadas) que controlan la producción de tal material, Rusia, Noruega, Venezuela, Méjico, Gran Bretaña y Arabia Saudí, entre otros, tienen nacionalizadas sus compañías energéticas. En realidad, Argentina era de las pocas excepciones. Referente a la intrínseca ineficacia que Sala i Martín atribuye a las empresas nacionalizadas, baste ver el éxito de Noruega, donde la empresa pública petrolífera ha garantizado el nivel de vida y calidad de vida de aquel país.

En cuanto a la falta de inversión extranjera, hay que cuestionar, tal como acentúa Mark Weisbrot, co-director del CEPR, este fetichismo acerca de la inversión extranjera. Uno de los países con mayor crecimiento en el mundo del subdesarrollo, Corea del Sur, lo hizo sin apenas tener inversión extranjera. El otro hecho, ignorado por los economistas neoliberales, es que la producción de petróleo en Argentina había bajado, creando un grave problema del 2004 al 2011; la producción del petróleo descendió un 20% debido en parte a la escasa inversión por parte de Repsol. Consecuencia de ello es que Argentina en 2011 tuvo que importar petróleo por primera vez en su pasado reciente. De ahí que el gobierno Kirchner decidiera cambiar la situación y tomar control de la compañía petrolífera.

Una última observación. El gobierno Rajoy está intentando movilizar los sentimientos patrióticos acusando al gobierno argentino de atacar a España. El error en este argumento es que la mayoría del capital de Repsol no es español. En realidad, la única vez que fue español fue cuando estaba nacionalizado. Fue cuando el gobierno del PP lo privatizó cuando perdió su nacionalidad española. Intentar movilizarse para defenderla es ignorar quién es hoy Repsol, una compañía (como Endesa, otra empresa privatizada por el PP) que se caracteriza por su insensibilidad hacia el usuario español. Como siempre hacen los nacionalistas, el PP está manejando la bandera para defender, no los intereses generales, sino los muy particulares. En realidad, la nula sensibilidad patriótica de Repsol se expresa en que es una de las empresas del IBEX 35 que utiliza más los paraísos fiscales, a fin de evitar pagar impuestos al Estado español, como bien ha señalado Juan Torres en su artículo “¿Argentina es quién perjudica a España?” ¡De patriota, Repsol, nada!

Vicenç Navarro. Catedrático de Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University

Fuente: http://blogs.publico.es/dominiopublico/5153/el-ocaso-del-neoliberalismo-en-america-latina-el-caso-de-argentina/



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La falsedad del bien común

 

Hay que arrancar los privilegios y el dominio del pensamiento, la economía y la política, a los que controlan el sistema

La idea de bien común, asimilable a la de interés general, está presente en la teoría política desde la antigua Grecia. Parte de un presupuesto antropológico previo, la igualdad de los seres humanos. En la medida en la que los seres humanos somos iguales en naturaleza, tenemos intereses compartidos que desembocan en un bien común. El discurso de la Modernidad, al menos de la Modernidad dominante de los Descartes, Kant o Hegel, desde una posición también de defensa de una esencia humana compartida, reafirma esta idea de un bien que es común para toda la sociedad, entendida, a la manera liberal, como agregado de individuos iguales.
Este presupuesto teórico dominante durante siglos en nuestra cultura se ha convertido en un lugar común casi incuestionable en el discurso político sistémico. Así, es preceptiva, para todo gobernante la declaración de que ejerce su acción en busca del bien común. Cualquier medida que se adopte lo será siempre en defensa del bien común. La profunda agresión que el gobierno de Partido Popular está perpetrando contra la ciudadanía es también justificada apelando al bien común, a los intereses del país. Claro que, en algunos casos, resulta tremendamente complicado entender cómo el deterioro de los servicios públicos más básicos, como la sanidad y la educación, puede formar parte de un proyecto tendente al bien común.
EN REALIDAD, la cuestión tiene bastante de teórica, pues el bien común no es sino una construcción ideológica que pretende camuflar la diversidad de intereses que atraviesan las sociedades. Frente a esa idea de igualdad de los seres humanos que han defendido las filosofías dominantes desde la antigüedad, hay otra tradición, que nace con los sofistas, con Epicuro y Lucrecio, se desarrolla con Spinoza y que, desde presupuestos materialistas, teoriza el carácter diferencial de los seres humanos. Esa tradición desemboca, en los siglos XVIII y XIX en una serie de filósofos, con Marx a la cabeza, que subrayan la diferencia de los intereses de los individuos en función de su posición social. De manera muy esquemática, argumentan que no son los mismos los intereses del amo y del esclavo, del señor y el siervo de la gleba, del capitalista y el trabajador. Y así describen la sociedad no como un lugar uniforme, sino atravesado por intereses diversos, en ocasiones contrapuestos. Desde esta perspectiva, el pretendido bien común no es sino una construcción, una estrategia de quienes ostentan el poder para gobernar en función de sus intereses presentándolos como si fuesen de todos. Me parece que no hay descripción más ajustada de lo que está sucediendo, pues resulta evidente, por poner un ejemplo, que el interés del banquero no es el mismo que el de la ciudadanía de a pie. Incluso podríamos decir que son contrarios, pues al beneficiar a la banca, los Estados no están haciendo sino debilitarse a sí mismos. La teoría de que si a los poderosos les va bien al resto nos irá bien, pues podremos mantenernos con las migajas de su banquete, se ha mostrado, además de tremendamente injusta, falsa.
EL CAPITALISMO es una teoría política solo construible desde el desprecio a la mayoría social. Incluso cuando funciona más o menos bien lo hace para un porcentaje ínfimo de la población mundial y, por sus propios presupuestos, no puede ser desarrollado sin generar una profunda brecha social. Esa brecha social, esa falla geológica y política que creíamos alejada de nosotros, está resquebrajando la tierra bajo nuestros pies. Y la solución de los políticos sistémicos, que, como el mono ese que se tapa los ojos, las orejas y la boca, se niegan a mirar a la realidad cara a cara y se refugian en construcciones teóricas obsoletas, consiste en seguir alimentando a la Bestia, inmolándole cada vez mayores cantidades de euros, más servicios sociales, más, en última instancia, seres humanos. Con los resultados que constatamos día a día: nada de nada.
Frente a ese inexistente bien común, que camufla el interés de los poderosos, sí que es posible detectar, describir, teorizar y buscar, el bien de la mayoría. No se trata de reformar el sistema, pues sus presupuestos lo hacen inviable. Las reglas del juego están hechas para beneficiar a los menos, por lo que no cabe más que crear otro juego, con otras reglas. Se trata de construir un nuevo sistema que parta de esa idea de la mayoría, que busque el beneficio de los más y no tema, para ello, enfrentarse a los menos. La crisis nos coloca ante esa disyuntiva. Solo la potencia de la ideología puede mantener viva esa idea del bien común, el análisis de la realidad nos coloca ante un profundo conflicto de intereses entre los pocos, muy pocos, y los muchos. La historia de la humanidad es la de ese conflicto, en el que, casi siempre, los menos se han impuesto a los más, argumentando, en ocasiones, que representaban a todos. Ese todos, el bien común, es irreal, falso, ideológico. Pero sí que hay una amplísima mayoría que puede construir una nueva realidad a partir de sus intereses colectivos. Ahora bien, para ello hay que arrancarles los privilegios, y el dominio del pensamiento, la economía y la política, a aquellos que controlan el sistema.
Juan Manuel Aragüés es Profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza.
García-Del Castillo, sociedad contra rendición de cuentas

Desde la publicación de la carta de Alan García se ha desatado una puja entre la cúpula
responsable de la crisis del Partido, el desprestigio, la corrupción y el enriquecimiento de connotados dirigentes funciónarios. Estas facciónes buscan mantener sus cuotas de poder y se oponen ahora a una rendición de cuentas.
El problema es la "R" que se utilizará para la solución. Está entre Renovación, Reorganización, Reestructuración, Reinscripción, no Reelección y otros exigen la Renuncia de todos y Respeto a los estatutos de Víctor Raúl.
Alan y Del Castillo están de acuerdo con la renovación pero dirigido y controlado por ellos.
La discrepancia está en que Alan quiere realizar un Plenario y Del Castillo quiere un Congreso Partidario. En el caso del Plenario tomarían decisión 28 Sec. Regionales que
han CADUCADO en su mandato y 33 miembros del CEN que han Renunciado el 13 de
abril del 2011 luego de la derrota.
El Congreso partidario tampoco es viable mientras no se superen los problemas de los Padrones. Lean el punto 1 de su pronunciamiento donde ahora se acuerdan de unidad.
Quieren elecciones con sus Padrones inflados, con inscripciones manipuladas.
Incluso los Tribunales Electorales a nivel nacional están también caducos, Del Castillo está cambiando tribunales a dedo desde hace varios meses. Ha sacado del TNE a Leonardo Cuéllar. Con esos Padrones y tribunales electorales quiere elegir delegados para su congreso y convocar elecciones internas.
Ni Alan ni del Castillo “entienden” que debe realizarse un debate de la crisis del Apra desde las bases, pero desde abajo hacia arriba. Debe convocarse reuniones distritales y provinciales. Convenciónes regionales. Reuniones de entes funciónales y gremios.
¿Cuáles son los problemas que no quieren tocar ni Alan ni Jorge y que son sensibles?:
1.- El desviacionismo ideológico y doctrinario de una dirigencia y un gobierno al servicio
de la derecha y el poder económico.
2.- La rendición de cuentas de los gobiernos de Alan García.
3.- La traición a la Constitución del 79 de Haya de la Torre.
4.- La expulsión de los implicados en corrupción, desprestigio y enriquecimiento ilícito.
5.-¿A quién representa el Apra?: obreros, campesinos, clase media, jóvenes, artesanos.
6.- La reinscripción o jubileo dirigida por comisiones elegidas y autónomas.
7.- La afiliación por domicilio familiar para evitar los votos y dirigentes golondrinos.
8.- Un CEN con proporciónalidad de militantes. 70 % de provincias y 30 % de Lima.
Con porcentajes de género, trabajadores, jóvenes y el Frente Unico.
9.- Regresar al Estatuto dejado por Víctor Raúl Haya de la Torre, eliminar la Presidencia
-casi vitalicia de AGP- y una Comisión Política consultiva y elegida
10.- La no reelección de dirigentes en toda la estructura partidaria
Del Castillo ha convocado inusualmente a una reunión el sábado y uno de sus fanáticos la titula Asamblea de las bases del PAP ¡como si 125 asistentes fueran los militantes de todo Lima (Lima Metropolitana tiene 111,241 afiliados) y publican una foto donde dicen que hay 300 militantes! Estos vivos quieren hacernos tontos.
Del Castillo busca tozudamente seguir prendido de la mamadera del Apra que lo ha convertido en un nuevo millonario. El viernes pasado lo vi en una reunión con dirigentes en el local PAP de Miraflores, en la mesa estaba su operador Leonidas Vélez en una sala pequeña, no pasaban de una veintena de asistentes a quienes querían convencer que es el iluminado o el conductor que no está procesado o investigado.
Ya se olvidó de su frase "el carné aprista no vale" para dar paso a su clientelaje "jorgista",
o los audios de negocios con Rómulo León y sus 9 visitas a las suites de Canaán, o cómo consiguió un departamento en El Golf valorado en medio millón de dólares del dueño de Petrolera Monterrico, su óbolo con las mineras, etc.
Los 125 que asistieron a esa reunión del sábado por lo menos ya no se acuerdan.
Eso del Congreso Naciónal en dos partes es una -criollada- para -cojudear- con eso de-un aprista un voto-. ¿Recuerdan cómo eligió Del Castillo los candidatos al Congreso lo hizo por listas -una elección fascista- que costaba 140 mil nuevos soles? El dice que ocupó el primer lugar pero nunca mencionó el ausentismo. Menos del 5 % del padrón votó. Su elección y su método fueron repudiados. ¡No se acuerda cómo se eligió en el XXIII Congreso en tumulto, sin quórum y a mano alzada de cualquiera!
Saben que el Sec. Nac. de Disciplina ha sido ujier, mandadero, empleado y gonfalonero de Jorge del Castillo. Ha sido funcionario del gobierno. ¿Por qué creen que no hay denuncias en Disciplina? ¡de ningun caso de corrupción! ¡Un gato de despensero porque en el Apra esta Secretaría usualmente se tenía cargo en el gobierno de turno!
La angurria, la codicia, el fin que justifica los medios, el silencio cómplice, la viveza.
Es el estilo del jorgismo que no sabe que debe dejar la mamadera.
Es el estilo del alanismo que no se da cuenta que a Víctor Raúl no le llega ni a los talones
El final ellos se arreglarán para continuar con el secuestro del Partido
Lo otro es que aparezca un nuevo audio, alguien sufra un accidente u otra casualidad.

viernes, 27 de abril de 2012

Hace 19 años Townsend denuncio la inmoralidad de Alan García

Si lo hubieran planificado adrede, con la torpeza que otorga la mediocridad y el horizonte nulo, no habrían conseguido peores resultados. En efecto, los guarismos demuestran que la alguna vez esperanza popular revolucionaria encarnada en el Apra, pierde adeptos, anemiza su presencia y retrocede alarmantemente en La Libertad, cuna y tumba de sus primeros adalides. La contienda en Julcán es un síntoma alarmante de cómo van las cosas. Importante reivindicar la sentencia bíblica para que los dirigentes sepan que Por sus obras les conocereis.
Con una visión certera, en fecha ya lejana, como 9 de febrero, 1993, en Expreso y a través de un artículo de opinión, Andrés Townsend Ezcurra, escribió las siguientes líneas que transcribimos literalmente. Como entonces.
De hacerse un ejercicio imaginativo, condición fundamental en cualquier juego de guerra política, doctrinaria o ideológica, y trasladáramos el texto de don Andrés a los días actuales, verificaríamos una portentosa señal de alerta que no pierde brillo en sus aristas múltiples. Hoy que la fe ha sido sustituida por la estupidez en cantidades industriales, las demostraciones gárrulas hablan por sí solas y licencian a quienes han hecho mérito de ineptos en cualquier materia, incluida la dirección política.
Leamos. (Herbert Mujica Rojas) Señal de Alerta

Crisis y refundación del Apra

por Andrés Townsend Ezcurra
Con la autoridad que puede darme más de medio siglo de identificación con los ideales políticos de Haya de la Torre y el haber mantenido a lo largo de estos años una posición combativa y crítica de la progresiva desmoralización del APRA, creo que es mi deber formular algunas conclusiones derivadas de los resultados que muestran los últimos comicios celebrados en el país.
No oculto que lo hago con un gran sentimiento de pena frente al hecho más significativo de las elecciones municipales: la catastrófica derrota del Partido Aprista Peruano. Otros fenómenos, como la aparición de independientes, admiten explicaciones válidas, pero el hecho memorable y macizo es el descenso abrupto del poder electoral del Partido del Pueblo.
Después de haber constituido la primera fuerza partidaria del país y haber movilizado, aún en épocas difíciles, no menos del tercio de la población electoral, el otrora poderoso partido de Víctor Raúl exhibe cifras de humillante pequeñez. De seguir esa tendencia, el APRA correría el peligro de perder su inscripción en el Jurado Nacional de Elecciones. Viejos reductos como Chiclayo, Cajamarca y Huaraz, se han perdido. Y ser vencidos en Laredo, donde yace la raíz heroica del APRA, tiene un significado simbólico. Y si en uno o dos lugares se ha ganado trabajosamente, esta victoria es hija de los méritos personales de los candidatos y no conquista masiva del pueblo.
Tan agudo desgaste electoral patentiza, con cifras irrecusables, el descrédito y la clamorosa impopularidad de aquellos que, desde la muerte del jefe y fundador, asumen un liderazgo en el APRA que se ha movido, trágicamente, entre la incompetencia y la inmoralidad. Si aún en épocas de cruda persecución el ser aprista implicaba, además de un riesgo policial, un orgullo ciudadano, en nuestros días, y desde el colosal fracaso del gobierno del señor García, la condición de aprista provoca los comentarios más duros de una desilusionada ciudadanía.
La práctica desintegración del APRA transtorna y desorienta el panorama político nacional. Cuando, en otras épocas, una tiranía o una dictadura interrumpían la marcha democrática del país, el pueblo supo mantener su confianza en un futuro forjado por el partido en que depositaba su fe. Ya no tiene ese consuelo. En virtud del desastre de un gobierno mal llamado aprista, se ha asesinado la esperanza.
A pesar de estos hechos tan notorios e incontrovertibles, los organizadores de la derrota y empresarios del desastre se obstinan en ocultar la evidencia, y arguyen, con supercherías de leguleyo, queriendo cambiar la derrota, su derrota, en una victoria que nadie acierta a ver.
Es hora de decir: ¡Basta ya! Basta de mentiras y falsificaciones, pues es indigno tratar de engañar a un pueblo y a un partido que, a lo largo de su vida, ha dado tantas muestras de heroísmo y lealtad, y que no tiene la más mínima responsabilidad de la aplastante derrota. Ya lo dijo Haya de la Torre: “No hay pueblos ni masas malos. Sólo hay dirigentes buenos o malos”. Y quienes manejan arbitrariamente el partido hace más de diez años, han acreditado una pavorosa irresponsabilidad y un desenfreno incontenible por el enriquecimiento ilícito. Un partido que predicó y practicó la moral, se vio dominado por corruptos e inmorales. Si su Jefe, que tanto gravita en la vida política del país, que hubo de morir en casa fraterna pero ajena, volviera por un instante a la vida, podría ver con asombro y repugnancia cómo los supuestos líderes que se auparon en el poder partidario después de su muerte, sólo buscaban, por todos los medios, cuantiosas fuentes de desvergonzado enriquecimiento.
Tantas desviaciones y desastres conducen a una ineluctable comprensión que el Partido Aprista Peruano, de tan larga y prestigiosa trayectoria en América Latina, ha dejado de existir tal como lo conocimos. Sus bases, proscritas de toda participación en la vida interna del partido, su juventud zaherida y maltratada, ha dejado de gravitar en la orientación partidaria; y sus locales, otrora rebosantes de pueblo, sólo exhiben pequeños grupos de fieles que se resisten a reconocer que, de estos antiguos templos cívicos, han huido los dioses tutelares.
¡Es hora, nuevamente, de la lucha y del empeño! El grito de guerra de quienes permanecen íntimamente fieles a las lecciones del gran conductor no es ya “El APRA nunca muere”, porque el APRA del fracaso y la coima, el APRA de la corrupción y del acomodo, ese APRA que ya no era tal, ha muerto asesinada por dirigentes proditores. Hay que refundarla y rehacerla, movilizando el ancho caudal de juventud que siempre supo movilizar el pueblo peruano.
A quienes, como yo, que no aspiran ya a ninguna posición política, sólo nos queda repetir las líneas terminales del prólogo de un libro mío: “En el ánimo de viejos combatientes que vencieron la tortura, la prisión o el exilio. Y en la conciencia de jóvenes incontaminados late, enteriza y exigente, la voluntad revolucionaria que hizo el milagro de tantos años de aprismo, de combates, de limpieza y de esperanzas”.

miércoles, 25 de abril de 2012

La fantasía de Bolivia


Sergio Villalobos R.


Cada cierto tiempo, a causa de angustias políticas internas, los gobiernos bolivianos y personajes de relieve, agitan el "problema" de la mediterraneidad de su país.
La demagogia suele andar suelta y se acude a toda clase de fantasías. Se desconoce, en primer lugar, que históricamente ha sido un pueblo de tierra adentro, esencialmente altiplánico y extendido en menor medida hacia la cuenca amazónica. Siempre vivió alejado del mar, complacido en sus alturas.
La cuna fue la cultura de Tiahuanaco y la incásica, que marcaron irremisiblemente los rasgos y el espíritu indígena, que hasta el día de hoy se agitan como fuente de legitimidad y base de tareas fantásticas remarcadas con fines populistas.
El dominio español fue una imposición superficial, pero muy eficaz para la explotación minera, cuyo producto argentífero marchó a Lima y Buenos Aires, para terminar finalmente en España. En el lugar quedó muy poco. No hubo capitalización ni desarrollo de otras formas de producción, excepto las de carácter folclórico.
En el campo de la cultura, alta y mediana, reinó la fantasía barroca, no sólo en el arte, sino también en las tareas gubernativas, dando la espalda a la realidad concreta y la posibilidad de una política positiva. Ello tanto en la época colonial como en la republicana hasta el día de hoy.
Bolivia, nombre imaginado, apareció como Estado-nación independiente gracias a la fantasía de Bolívar y Sucre, que con la espada señalaron un destino propio a un territorio cuya pertenencia había oscilado entre el virreinato del Perú y el de Buenos Aires. Había carecido de destino propio.
No hay duda de que Bolivia o la antigua Charcas tuvieran un acceso territorial al océano; pero aquello no pasó de ser una fantasía de la corona española y en medio de decisiones contradictorias, al punto de que también las autoridades de Chile tuvieron jurisdicción sobre la franja litoral, si no toda, al menos en gran parte.
Durante gran parte de la historia, Bolivia tuvo reducido su contacto con el Pacífico a través de Cobija, una caleta miserable, donde no hubo ningún tipo de instalación y sólo unos barcos de paso dejaban poquísimas mercancías a cambio de plata. El tráfico boliviano se realizaba fundamentalmente por el Perú y el Río de la Plata.
La ruta desde el mar al altiplano, larga y carente de recursos, fue un inconveniente mayor para el tráfico y en vano los gobernantes de La Paz procuraron favorecerla con algunas medidas. El libro del historiador boliviano Fernando Cajías, "La provincia de Atacama", es la prueba más clara de la desconexión de su país con el mar, aunque el propósito fue el contrario.
En las primeras décadas republicanas fue evidente que el litoral dependía del paso de naves extranjeras y que la vinculación con Valparaíso era la clave de su existencia. Esta situación movió a las autoridades paceñas a estimular el establecimiento de extranjeros y se dio el caso de que el propio Presidente de Bolivia, Andrés de Santa Cruz, al asumir el cargo en 1828, se trasladase con sesenta chilenos para ser radicados en Cobija. Pero fue el dictador Mariano Melgarejo, en la década de 1860, el que dio la nota alta de la fantasía al solicitar a Chile el envío de cien soldados para mantener el orden en el litoral por temor a un levantamiento contra su gobierno. Afortunadamente, la solicitud no fue acogida y prueba que, no obstante las tentaciones, nuestro país no albergaba la menor tentación de poner pie en el litoral boliviano.
Los tratados de límites de 1865 y 1874 tampoco fueron imposición de Chile, sino que ellos se debieron a proposiciones bolivianas. El primero fijó el límite en el paralelo 24 y dispuso el reparto por mitad de los tributos entre los paralelos 23 y 25. El segundo tratado confirmó el límite en el paralelo 24 y eliminó la división de los tributos. A manera de compensación se dispuso que Bolivia no recargaría los impuestos de exportación sobre los minerales.
Mientras tanto, La Paz había firmado el tratado secreto de alianza con el Perú y con ese respaldo dio algunos pasos que importaban la violación del tratado de 1874. Impuso una contribución sobre la exportación de salitre que efectuaba una empresa chilena y luego determinó la incautación de sus concesiones y bienes. No sólo se violaba el tratado, sino también la buena fe.
La guerra era inevitable. Bolivia nos arrastró a ella, contando con el apoyo de Perú. En suma, no fue Chile el culpable del conflicto, sino el gobierno del altiplano
Todos estos hechos son sobradamente conocidos, de manera que cuando los gobiernos bolivianos acusan de agresión a nuestro país, faltan a la verdad y ejercen una fantasía indecorosa.
Concluida la guerra, en 1884 se firmó un pacto de tregua que finalizó en 1904 con la firma del tratado de límites, vigente desde entonces sin variación. Este no se firmó bajo la presión de las armas, porque reinaba la paz, y tuvo por objeto zanjar la incertidumbre y las recriminaciones bolivianas.
Las fantasías, sin embargo, siguen danzando en la mentalidad boliviana y en la clase política, sin ningún sentido de la realidad, la histórica y la actual.
Si hemos rememorado estos hechos es porque comprobamos en los gobiernos chilenos, incluido el actual, cierta pasividad, que no pasa de las declaraciones oficiales y los desmentidos insustanciales, muchos de ellos en el espacio formal de la diplomacia.
Hace falta un libro sustancial sobre la historia de estos asuntos, con sólida base en las fuentes históricas, porque los existentes están anticuados y suelen ser ignorados. Pensamos en una obra de amplio uso entre el público, los organismos oficiales y los gobiernos extranjeros, de modo que no deje dudas y espante las fantasías.
Debería ser auspiciado por alguna entidad independiente y, por último, por el gobierno.

jueves, 19 de abril de 2012

Burros de Troya

Aquí y acullá, en el sur, hay escandalosos, agoreros, magos y especialistas en levantar sucesos que aún no acontecen y“médicos sociales” capaces de recetar cualquier pócima que les lleve a figurar en los miedos de comunicación. Eso es cuasi natural en países como los nuestros. Por ejemplo, un apologista buen escritor chileno no ahorró zalemas al portapliegos de dos metros, como si aquí no supiéramos lo que realmente ocurrió y que es todo lo contrario a lo que este bobalicón quiere “transmitir”.
Sólo burros de Troya, infiltrados para castrar las posibilidades peruanas de moverse en uno, dos o tres escenarios, en paralelo, combativa y jurídicamente, pueden limitar las opciones nacionales y, como dice el dicho criollo, poner todos los huevos en una canasta. Hay más de un zorro o zorras, bien pagados. El mercenarismo no es privilegio dudoso de la rabanería caviar chilenófila y pro-yanqui.
La patria, su Estado y gobierno, son respetuosos del Tratado y Protocolo Complementario del 3 de junio de 1929. Firmado por el presidente Augusto B. Leguía y La Moneda de Chile. El país del sur se apoderó de Arica y Tacna retornó, luego de casi cinco décadas a la heredad nacional. Nada hay que pueda movernos de esa posición principista. Mucho menos cuando vamos a un contencioso por la delimitación marítima.
En el Tratado de 1929 se establece como límite el Punto Concordia. Mañosamente Chile ha pretendido variar la frontera. Y el Perú ha rechazado sistemáticamente esa violación. El Tratado prevé el arbitraje del presidente de Estados Unidos en caso de diferencias entre Perú y Chile. De manera que, en esa línea de adhesión sin condiciones a los tratados, hay que impulsar, de forma autónoma, digna e inconfundible con cualquier otro contencioso, el arbitraje del mandatario norteamericano sobre la frontera sibilinamente modificada por el país del sur.
Por tanto, al aprovechar lo que el mismo Tratado de 1929, dispone, el arbitraje del presidente norteamericano, Perú está en opción de demostrar qué país es el violador de un convenio internacional que tuvo larguísima y sufrida forja y que sólo Leguía consiguió, a costa del sacrificio de Arica, culminar rescatando Tacna. Recuérdese que el traidor Miguel Iglesias, en octubre de 1883, en Ancón, había cedido definitivamente Tarapacá para Chile. Este ámbito singular requerirá de hábiles diplomáticos y juristas, también, de versada y comprobada lealtad al Perú.
Fundamental práctica es que para evitar histerismos ignaros y triunfalismos ociosos, los burros de aquí clausuren la boca y entiendan que las contiendas jurídicas no son una pichanga de fulbito o una fiesta chicha, sino un ejercicio al más alto nivel y con la participación de especialistas en límites. Importante señalar que el contencioso por delimitación marítima de La Haya puede durar fácilmente de 5 a 6 años. Es decir, será un asunto de éste y el próximo gobierno.
Los antiguos griegos apelaron a la jugarreta del caballo gigante que introdujeron en Troya y he allí la clave de su gran victoria. Aquí en Perú, es tradicional, hay burros de Troya en medios de comunicación, hablados, escritos y televisados que juegan con el país del sur y so pretexto de la globalización no permiten la más mínima crítica a los australes. ¡El oro paga bien a los paniaguados!
Es hora que el ministerio de Defensa uniforme su accionar con Torre Tagle, el gobierno y los medios de información. Y también realice una profilaxia radical de resabios infecciosos y vendepatrias que escriben contra Perú. La clave de un frente único en el tema de La Haya, garantizará un ejercicio democrático, discreto, macizo, firme, sin fisuras ni fracturas, hacia un triunfo en los años que vienen. Son absolutamente innecesarias las predicciones baratas que hacen hechiceros (a sí mismos llamados internacionalistas o analistas) porque éste es un asunto de larga maduración.
Conviene entender que la participación informada in extenso y documentada de los periodistas (los mejores y más inteligentes), en este terreno tiene importancia capital. En 1995, el periodismo ecuatoriano hizo ganar la guerra mediática, apenas iniciado el conflicto con Perú. Y el resto ¡que se cosa y clausure la boca! En temas de la defensa de la patria, no pueden existir aventureros. Sólo hay traidores y eso hay que decirlo en buen castellano firme y enérgico y hay que denunciarlos con nombre y apellido. Así se llamen historiadores “complejizadores” o progresistas venales.
Escribe: César Vásquez Bazán
Smedley D. Butler (1881-1940) Mayor General del Cuerpo de Infantería de Marina de los Estados Unidos, condecorado con dos medallas de honor por el Congreso norteamericano y con la Medalla por Servicios Distinguidos. Butler participó en la toma por EE.UU. de Veracruz, México, en 1914 y de Ft. Riviere, Haití, en 1917.

En Connecticut, el 21 de agosto de 1931, el general Butler pronunció un sorprendente discurso ante los miembros de la American Legion. Sus palabras denunciaron el carácter imperialista de las intervenciones en el extranjero de las fuerzas armadas de EE.UU.

Dijo Butler en esa ocasión: “Pasé treinta y tres años y cuatro meses en el servicio activo como miembro de la fuerza militar más ágil de nuestra nación, la Infantería de Marina. Presté mis servicios en todos los rangos de la oficialidad, desde subteniente hasta mayor general… Durante ese periodo dediqué la mayor parte de mi tiempo a ser un matón de primera categoría al servicio de las Grandes Empresas, Wall Street y los banqueros… En pocas palabras fui un extorsionador, un intimidador, un pistolero a las órdenes del capitalismo… En 1924 ayudé a hacer que México, y especialmente Tampico, estuvieran asegurados para los intereses petroleros estadounidenses. Colaboré a hacer de Haití y Cuba lugares decentes para que los muchachos del National City Bank pudieran obtener sus ingresos. Ayudé a violar a media docena de repúblicas centroamericanas en beneficio de Wall Street. La historia de intimidaciones y extorsiones es larga. Entre 1909 y 1912 ayudé a purificar Nicaragua para la firma bancaria internacional de Brown Brothers. En 1916, iluminé a la República Dominicana para los intereses azucareros estadounidenses. En 1903 ayudé a “enderezar” Honduras para las compañías fruteras estadounidenses. En 1927, en China, colaboré a que la Standard Oil obtuviera lo que deseaba sin ser molestada. Tuve… una abultada cartera de intimidaciones y extorsiones. Fuí recompensado con honores, medallas y ascensos. … Pude haberle dado algunos consejos a Al Capone. Lo mejor que él pudo hacer con sus “empresas” fue obtener dinero, intimidando en tres ciudades. Los Marines operaban en tres continentes”.


Tras analizar su propia experiencia militar, Butler denunció el enriquecimiento de los proveedores de las fuerzas armadas, tema que un cuarto de siglo después retomaría el presidente Eisenhower cuando denunció la nefasta influencia del Complejo Industrial Militar sobre el Gobierno de Washington. A la vez, Butler se convirtió en campeón del movimiento pacifista.

War Is A Racket

En 1935, el general Butler escribió War Is A Racket (La guerra es una estafa) denunciando las guerras contemporáneas como aventuras imperialistas en beneficio de Wall Street. Propuso la idea que las fuerzas armadas deberían utilizarse preferentemente con fines de defensa. EE.UU. podría declarar guerras ofensivas sólo si hubieran sido aprobadas en plebisicitos limitados, en que únicamente votarían aquellos que pudieran ser llamados a filas.

En el libro, Butler planteó la drástica limitación de las distancias que podrían movilizarse la marina (200 millas) y la aviación (500 millas) con respecto a la línea costera de EE.UU. De igual forma, señaló que de no contar con la aprobación del plebiscito limitado, las fuerzas de tierra no podrían abandonar el territorio estadounidense.

El opúsculo de Butler fue publicado en Nueva York por la editorial Round Table Press Inc. Contiene cinco breves capítulos:

1. La guerra es una estafa
2. ¿Quién recibe las utilidades?
3. ¿Quién paga las cuentas?
4. ¡Cómo acabar con esta estafa!
5. ¡Al diablo con la guerra!

LA GUERRA ES UNA ESTAFA
(WAR IS A RACKET)
Smedley D. Butler
Traducción de César Vásquez Bazán

Capítulo 1
La guerra es una estafa

La guerra es una estafa. Siempre lo ha sido.

Posiblemente es el tipo de estafa más antiguo, sobradamente el más lucrativo, seguramente el más perverso. Es el único de alcance internacional. Es el único en el que las utilidades se calculan en dólares y las pérdidas en vidas humanas.

Creo que la mejor descripción de una estafa es algo que no es lo que parece ser para la mayoría de la gente. Solamente un pequeño grupo “enterado” sabe de qué se trata. Se realiza para beneficio de los muy pocos a expensas de los muchos. Gracias a la guerra un pequeño número de personas amasa fortunas enormes.

En la Primera Guerra Mundial un puñado de individuos recogió las utilidades del conflicto. Durante la [Primera] Guerra Mundial, surgieron en los Estados Unidos por lo menos veintiún mil nuevos millonarios y multimillonarios. Ése fue el número que admitió sus enormes y sangrientas ganancias en sus declaraciones juradas del Impuesto a la Renta. Nadie sabe cuántos otros millonarios, surgidos de la guerra, falsificaron sus declaraciones juradas de impuestos.

¿Cuántos de estos millonarios de la guerra portaron un fusil sobre sus hombros? ¿Cuántos de ellos cavaron una trinchera? ¿Cuántos de ellos supieron lo que significó padecer hambre en un refugio subterráneo infestado de ratas? ¿Cuántos de ellos pasaron noches de miedo y desvelo, evadiendo los bombardeos, las esquirlas y las balas de las ametralladoras? ¿Cuántos de ellos rechazaron una carga a la bayoneta del enemigo? ¿Cuántos de ellos resultaron heridos o perecieron en el campo de batalla?

Como producto de la guerra, las naciones victoriosas conquistan territorio adicional. Simplemente se apoderan de él. El territorio recién capturado es explotado prontamente por unos pocos, los mismísimos pocos que destilaron dólares a partir de la sangre vertida en la guerra. El pueblo paga la cuenta.

¿Y cuál es esta cuenta?

La cuenta traduce una contabilidad terrible. Lápidas recién colocadas. Cuerpos despedazados. Mentes destrozadas. Corazones y hogares rotos. Inestabilidad económica. Depresión y todas las amarguras relacionadas. Impuestos agobiantes por generaciones y generaciones.

Por muchos años, como soldado, tuve la sospecha que la guerra era una estafa. Sólo cuando me retiré a la vida civil pude darme cuenta de ello cabalmente. Hoy en día, cuando veo nuevamente poblarse el firmamento con las nubes de la guerra internacional, debo encararla y hablar claro.

Otra vez [las naciones] están alineándose. Francia y Rusia se reunieron y acordaron mantenerse juntas. Apuradas, Italia y Austria llegaron a similar acuerdo. Polonia y Alemania se miraron con ojos de cordero y olvidaron por el momento su disputa sobre el Corredor Polaco. El asesinato del rey Alejandro de Yugoslavia complicó las cosas. Yugoslavia y Hungría, por mucho tiempo enemigos acérrimos, estuvieron a punto de agredirse. Italia estaba lista para intervenir. Francia esperaba. Igual hacía Checoslovaquia. Todas estas naciones están previendo la guerra. No la gente –no los que luchan y pagan y mueren–; sólo aquellos que promueven las guerras y permanecen en la seguridad de sus casas a la espera de recibir las utilidades.

En el mundo de hoy existen cuarenta millones de hombres en armas y nuestros estadistas y diplomáticos tienen la temeridad de decir que no se prepara una guerra.

¡Campanas que anuncian el infierno! ¿Estos cuarenta millones de hombres están entrenándose para ser bailarines?

De seguro, no en Italia. El Primer Ministro, Mussolini, sabe para lo que se les está entrenando. Él, al menos, es suficientemente franco y habla claro. Hace pocos días, Il Duce escribió en Internacional Conciliation, publicación de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional:

“Y sobre todo, el fascismo, cuanto más considera y observa el futuro y el desarrollo de la humanidad, aparte de las consideraciones políticas del momento, no cree en la posibilidad de la utilidad de la paz perpetua… Sólo la guerra eleva toda la energía humana hasta alcanzar su tensión más alta y coloca el sello de la nobleza sobre los pueblos que tienen el coraje de practicarla”.

Sin duda, Mussolini quiere decir exactamente lo que dice. Su bien entrenado ejército, su gran escuadra aérea e, incluso, su marina están listos para la guerra; al parecer están ansiosos por ella. Así lo demuestra su reciente toma de posición, al lado de Hungría, en el conflicto de ésta con Yugoslavia. Así lo evidencia también la apurada movilización de sus tropas en la frontera austriaca tras el asesinato de Dollfuss.

Hay otros, también en Europa, cuyos sonidos de sables presagian guerra, tarde o temprano.

Herr Hitler, con su rearme alemán y sus constantes demandas por más y más armamento es una amenaza similar, si no mayor, a la paz. Hace muy poco tiempo, Francia aumentó el período del servicio militar para su juventud de un año a dieciocho meses.

Sí, en todo lugar, las naciones viven en armas. Los perros rabiosos de Europa andan sueltos.

Las maniobras son más hábiles en el Oriente. En 1904, cuando pelearon Rusia y Japón, aplicamos un puntapié a nuestros antiguos amigos los rusos y apoyamos a Japón. En ese entonces nuestros muy generosos banqueros internacionales estaban financiando a Japón. Ahora la tendencia es a envenenarnos [la mente] contra los japoneses. ¿Qué significa para nosotros la política de “puertas abiertas” con China? Nuestro comercio con China es de noventa millones de dólares anuales, aproximadamente. ¿Y las Filipinas? En treinta y cinco años hemos gastado cerca de seiscientos millones de dólares en las Filipinas y tenemos allí inversiones privadas–mejor dicho, nuestros banqueros, industriales y especuladores– por menos de doscientos millones de dólares.

Para salvar ese comercio de cerca de noventa millones de dólares con China, o para proteger esas inversiones privadas de menos de doscientos millones de dólares en las Filipinas, debemos instigar el odio contra Japón e ir a la guerra, una guerra que bien pudiera costarnos decenas de billones de dólares, centenares de miles de vidas de estadounidenses, y muchos más centenares de millares de hombres físicamente mutilados y mentalmente desequilibrados.

Por supuesto, habría una utilidad que compensaría esta pérdida: las fortunas que serían amasadas. Se acumularían millones y billones de dólares. Para algunos. Los fabricantes de municiones. Los banqueros. Los armadores de buques. Los fabricantes. Los embaladores de carne. Los especuladores. A ellos les iría bien.

Sí, ellos se están preparando para otra guerra. ¿Por qué no deberían hacerlo? La guerra paga elevados dividendos.

Pero, ¿genera beneficios para las masas?

¿En qué beneficia a los hombres que resultan muertos? ¿En qué beneficia a los hombres que resultan mutilados? ¿En qué beneficia a sus madres y hermanas, a sus esposas y a sus novias? ¿En qué beneficia a sus hijos?

¿En qué beneficia a cualquier persona, excepto los muy pocos para quienes la guerra significa enormes utilidades?

Sí, ¿y en qué beneficia a la nación?

Tomemos nuestro propio caso. Hasta 1898 no poseíamos una pizca de territorio fuera del continente de América del Norte. En aquella época nuestra deuda nacional era un poco más de mil millones de dólares. Entonces adoptamos una mentalidad “internacional”. Olvidamos, o dejamos de lado, el consejo del Padre de nuestro país. Nos olvidamos de la advertencia de Washington sobre “alianzas [internacionales] enredadas”. Fuimos a la guerra. Adquirimos territorio en el exterior. Al final del período de la [Primera] Guerra Mundial, como resultado directo de nuestros manejos en asuntos internacionales, nuestra deuda nacional había pasado a ser más de veinticinco mil millones de dólares. Nuestra balanza comercial total durante el período de veinticinco años fue favorable en veinticuatro mil millones de dólares, aproximadamente. Por lo tanto, sobre una base puramente contable, nos fuimos atrasando poco a poco, año por año. Sin las guerras, ese comercio exterior bien pudo haber sido nuestro.

Para el estadounidense promedio, que paga las facturas, hubiera sido más barato (por no decir más seguro) permanecer al margen de los embrollos extranjeros. Para muy pocos esta estafa –como la de producir o vender licor de contrabando y timos similares del mundo del hampa– trae utilidades fantásticas. Sin embargo, el costo de las operaciones siempre se transfiere a la gente, la que no obtiene utilidades.



Portada de 1935 del libro “War Is A Racket”

Capítulo 2
¿Quién recibe las utilidades?

La [Primera] Guerra Mundial –diríamos más bien nuestra breve participación en ella– ha costado a los Estados Unidos unos cincuenta y dos mil millones de dólares. Calculemos. Eso significa cuatrocientos dólares por cada hombre, mujer y niño estadounidense (1). Todavía no hemos pagado esa deuda. La estamos pagando, nuestros hijos la pagarán y, probablemente, los hijos de nuestros hijos todavía tengan que pagar el costo de esa guerra.

Las utilidades normales de un negocio en los Estados Unidos son seis, ocho, diez y, a veces, hasta doce por ciento. Pero las utilidades en tiempo de guerra, ¡ah! ésa es otra cosa: veinte, sesenta, cien, trescientos y hasta mil ochocientos por ciento. El cielo es el límite. Todo lo que la situación permita. El Tío Sam (2) tiene el dinero. Obtengámoslo de él.

Por supuesto, esto no se expone tan crudamente en tiempo de guerra. Viene incorporado en los discursos acerca del patriotismo, el amor al país, y la necesidad que “todos pongamos el hombro”. No obstante, las ganancias aumentan prodigiosamente y son recibidas con seguridad. Examinemos algunos ejemplos.

Consideremos a nuestros amigos los du Pont, la gente que fabrica la pólvora. ¿Recientemente no declaró uno de ellos, ante un Comité del Senado, que su pólvora fue la que ganó la guerra? ¿Que ella fue la que salvó el mundo para la democracia? ¿O algo parecido? ¿Cómo les fue a los du Pont en la guerra? Ellos formaban parte de una empresa patriótica. Bien, en el período 1910-1914, el promedio anual de ganancias de los du Pont fue de seis millones de dólares (3). No era mucho, pero los du Pont supieron vivir con él y salir adelante. Examinemos ahora el promedio de utilidades anuales durante los años de la guerra, de 1914 a 1918. ¡Encontramos que su utilidad anual ascendió a cincuenta y ocho millones de dólares! Casi diez veces el promedio de épocas normales, sin olvidar que las utilidades de las épocas normales eran bastante buenas. Un aumento en las ganancias de más del novecientos cincuenta por ciento.

Examínese el caso de una de nuestras pequeñas empresas siderúrgicas que tan patrióticamente dejaron de lado la fabricación de rieles, vigas y puentes para producir material de guerra. Bien, sus ganancias anuales en el período 1910-1914 promediaron los seis millones de dólares. Luego vino la guerra. Y, como ciudadanos leales, rápidamente, la Bethlehem Steel pasó a producir municiones. ¿Crecieron sustancialmente sus utilidades o dejaron que el Tío Sam hiciera su agosto? Bien, su promedio anual de utilidades en el período 1914-1918 fue de ¡cuarenta y nueve millones de dólares!

Consideremos el caso de la United States Steel. Las utilidades anuales normales durante el período de cinco años anterior a la guerra fueron de ciento cinco millones de dólares. Nada mal. Llegó la guerra y las utilidades se fueron para arriba. El promedio anual de utilidades del período 1914-1918 fue de doscientos cuarenta millones de dólares. Nada mal.

Ésas fueron algunas muestras de las utilidades del acero y la pólvora. Analicemos otras industrias. La del cobre, quizá. Al cobre siempre le va bien en tiempos de guerra.

Anaconda, por ejemplo. Su promedio de ganancias anuales en los años anteriores a la guerra –es decir entre 1910 y 1914– fue de diez millones de dólares. Durante los años de la guerra 1914-1918 las utilidades anuales pasaron a ser treinta y cuatro millones de dólares.

O el caso de la Utah Cooper. Entre 1910 y 1914, el promedio anual de utilidades ascendió a cinco millones de dólares. Durante el período de la guerra saltó a un promedio anual de utilidades de veintiún millones de dólares.

Agrupemos estas cinco empresas con tres compañías más pequeñas. El total de los promedios de utilidades anuales en el período anterior a la guerra (1910-1914) ascendió a 137,480,000 dólares. Entonces llegó la guerra. El promedio de utilidades anuales de este grupo se elevó súbitamente a 408,300,000 dólares.

Un pequeño aumento en las utilidades de aproximadamente doscientos por ciento.

¿La guerra paga? Les pagó a ellos. Pero no son los únicos. Hay otros más. Examinemos la industria del cuero.

En el período de tres años anterior a la guerra, las utilidades totales de la Central Leather Company ascendieron a tres millones y medio de dólares, esto es 1,167,000 dólares anuales aproximadamente. Bien, en 1916 la Central Leather Company arrojó utilidades de quince millones y medio de dólares, un pequeño aumento de 1,100 por ciento. Eso es todo. Durante los tres años anteriores a la guerra, la General Chemical Company registró un promedio de utilidades anuales de un poco más de ochocientos mil dólares. Llegó la guerra y las utilidades crecieron a doce millones de dólares, un salto de mil cuatrocientos por ciento.

La International Nickel Company –recuerde el lector que no puede haber guerra sin níquel– mostró un aumento en sus utilidades anuales de un modesto promedio de cuatro millones de dólares a 73,500,000 dólares. ¿Nada mal, no? Un aumento mayor a mil setecientos por ciento.

La American Sugar Refining Company promedió doscientos mil dólares anuales en los tres años anteriores a la guerra. En 1916 registró una utilidad de seis millones de dólares.

Leamos lo que dice el Documento del Senado No. 259. El sexagésimo quinto Congreso [de los EE.UU.], informa sobre las ganancias empresariales y los ingresos del gobierno. Considera las utilidades durante la [Primera] Guerra [Mundial] de 122 empacadores de carne, 153 fabricantes de algodón, 299 fabricantes de ropa, 49 plantas siderúrgicas y 340 productores de carbón. Las utilidades inferiores a veinticinco por ciento fueron muy raras. Por ejemplo, durante la guerra las compañías del carbón redituaron un beneficio de entre cien y 7,856 por ciento sobre su capital social. Los empacadores de Chicago duplicaron y triplicaron sus ganancias.

Y no nos olvidemos de los banqueros que financiaron esta gran guerra. Si algunos recibieron lo mejor de las utilidades ésos fueron los banqueros. Por ser considerados consorcios y no empresas, no tenían por qué informar a sus accionistas. Sus utilidades eran tan secretas como inmensas. No sé cómo los banqueros hicieron sus millones y sus billones, porque esos pequeños secretos nunca llegan a ser públicos, ni siquiera ante una comisión investigadora del Senado.

Pero a continuación describiré la manera cómo algunos de los otros industriales y especuladores patriotas se abrieron camino para obtener las utilidades de la guerra.

Tomemos las empresas del calzado. A ellas les gusta la guerra. Significa negocios con utilidades extraordinarias, anormales. Obtuvieron utilidades enormes exportando a nuestros aliados. Quizá, al igual que los fabricantes de municiones y armamento, también vendieron su producto al enemigo. Es que un dólar es un dólar, venga de Alemania o de Francia. Pero, de igual manera, también les fue bien con el Tío Sam. Por ejemplo, vendieron treinta y cinco millones de pares de botas de servicio, de ésas con la suela clavada. Había cuatro millones de soldados. La proporción era de ocho pares y algo más por soldado. Durante la guerra mi regimiento sólo recibió un par de botas por soldado. Probablemente, algunas de esas botas existan todavía. Era un buen calzado. Pero cuando la guerra terminó, el Tío Sam contaba con un sobrante de veinticinco millones de pares de botas. Compradas y pagadas. Ganancias registradas e ingresadas.

Sin embargo, había cantidad de cuero sin usar. Así que la gente del cuero vendió a su Tío Sam centenares de miles de sillas de montar McClellan para la caballería. ¡El problema era que no había caballería estadounidense en ultramar! Claro, alguien tenía que deshacerse de ese cuero. Alguien tenía que obtener una utilidad de él, así que tuvimos muchas de esas sillas de montar McClellan. Probablemente todavía las tengamos.

De igual forma, alguien tenía montones de malla para mosquiteros. Vendieron a tu Tío Sam veinte millones de estas mallas de mosquiteros para el uso de los soldados en ultramar. Supongo que se esperaba que los soldados se las colocaran encima mientras intentaban dormir en trincheras fangosas, una mano rascándose las espaldas llenas de piojos y la otra haciendo pases a ratas escurridizas. Pues bien, ¡ninguna de esas mallas de mosquitero llegó a Francia!

De cualquier manera, estos creativos fabricantes se aseguraron que ningún soldado se quedara sin su malla de mosquitero, por lo que le vendieron al Tío Sam cuarenta millones de yardas adicionales de malla de mosquitero.

Se obtuvieron utilidades bastante buenas con los mallas de mosquitero en esos días de la guerra, incluso si se considera que no había mosquitos en Francia.

Supongo que si la guerra hubiera durado un poquito más, los emprendedores fabricantes de malla para mosquiteros habrían vendido a tu Tío Sam un par de cargamentos de mosquitos para introducirlos en Francia, de manera que se comprase más mallas para mosquiteros.

Los fabricantes de aviones y motores sentían, también, que debían obtener sus justas utilidades de esta guerra. ¿Por qué no? Todos los demás estaban recibiendo las suyas. Así que el Tío Sam gastó mil millones de dólares –cuéntenlos si viven lo suficiente– en construir aviones y motores de aviones ¡que nunca despegaron! Ni un avión, ni un motor, de los comprados con los mil millones de dólares, entró en combate en Francia. A pesar de ello, los fabricantes obtuvieron pequeñas utilidades de treinta, cien, o quizá trescientos por ciento.

El costo de fabricación de la ropa interior para los soldados era de catorce centavos y el Tío Sam pagó de treinta a cuarenta centavos, una pequeña y agradable utilidad para el fabricante de la ropa interior. Los fabricantes de medias, uniformes, gorras y cascos de acero, todos ellos, obtuvieron sus utilidades.

¿Por qué, cuando terminó la guerra, unos cuatro millones de juegos de equipo –mochilas y las cosas que van dentro de ellas– abarrotaban los almacenes en este lado [del Atlántico]? Hoy están siendo desechados porque han cambiado las regulaciones sobre lo que debe ser su contenido. Sin embargo, los fabricantes recibieron sus utilidades de tiempos de guerra y harán lo mismo la próxima vez.

Durante la guerra surgieron muchas ideas brillantes para obtener utilidades.

Un patriota muy versátil vendió al Tío Sam doce docenas de llaves de cuarenta y ocho pulgadas. Eran llaves muy simpáticas. El único problema era que sólo había una tuerca lo bastante grande que requiriese este tipo de llave. Ésta era la tuerca que sujetaba las turbinas en las cataratas del Niágara. Bien, después que el Tío Sam compró las llaves y el fabricante se metió las utilidades al bolsillo, las llaves fueron colocadas en coches de carga y paseadas por todo Estados Unidos en un esfuerzo por encontrar uso para ellas. La firma del Armisticio fue un golpe desolador para el fabricante de las llaves. Éste estaba por comenzar a producir algunas tuercas que calzaran con las llaves. Una vez fabricadas, planeaba venderlas a tu Tío Sam.

Otro tuvo la brillante idea que los coroneles no deberían movilizarse en automóviles, ni siquiera a caballo. Probablemente alguien haya visto el retrato de Andy Jackson movilizándose en una calesa (4). Bien, para el uso de los coroneles se vendió al Tío Sam ¡seis mil calesas! Ni una de ellas fue utilizada. Pero el fabricante de calesas obtuvo sus utilidades de la guerra.

Los constructores de buques sintieron que algo les debería caer también a ellos. Construyeron muchos buques que produjeron grandes utilidades. Por un valor superior a los tres mil millones de dólares. Algunas de las naves estuvieron bien construidas. Sin embargo, buques hechos de madera, por un valor de seiscientos treinta y cinco millones de dólares ¡nunca flotarían! Las uniones se abrieron y las naves se hundieron. Sin embargo, pagamos por ellas. Alguien se metió las utilidades al bolsillo.

Los estadígrafos, economistas e investigadores han estimado que la guerra costó a tu Tío Sam cincuenta y dos mil millones de dólares. De esa suma, treinta y nueve mil millones se gastaron en los años que duró la guerra. Ese gasto rindió dieciséis mil millones de dólares en utilidades. Así es como veintiún mil personas llegaron a ser millonarios y multimillonarios. Esta utilidad de dieciséis mil millones de dólares no debe ser tomada a la ligera. Es una suma bastante considerable. Fue a parar a manos de muy pocos.

El Comité Nye del Senado, encargado de investigar la industria de las municiones y sus utilidades en tiempo de guerra, a pesar de sus revelaciones sensacionales, apenas arañó la superficie (5).

Aún así ha tenido cierto efecto. “Por algún tiempo” el Departamento de Estado ha venido estudiando métodos para mantener [a EE.UU.] fuera de la guerra. Repentinamente, el Departamento de Guerra informa que tiene un plan maravilloso por presentar. La Administración nombra a un Comité para limitar las utilidades en tiempos de guerra, Comité integrado por los Departamentos de Guerra y Marina, hábilmente representados bajo la presidencia de un especulador de Wall Street. No se conoce a cuánto ascendería ese límite. Hmmm. Posiblemente las utilidades de trescientos, seiscientos y mil seiscientos por ciento de aquellos que con la [Primera] Guerra Mundial transformaron sangre en oro serían limitadas a alguna cifra inferior.

Sin embargo, al parecer el plan no establece ninguna limitación para las pérdidas, es decir, las pérdidas de los que luchan en la guerra. Por lo que he podido comprobar, no existe nada en el esquema que limite la pérdida de un soldado a sólo un ojo, o un brazo, o para limitar sus heridas a una, dos o tres. O para limitar la pérdida de vidas.

Aparentemente, no hay nada en este esquema que disponga que no más del doce por ciento de un regimiento deba ser herido en combate, o que no más del siete por ciento de una división deba perecer en la guerra.

Por supuesto, el Comité no puede ser incomodado con tan insignificantes minucias.


“Liberty Bond” (Bono por la Libertad) por valor de cien dólares. Fue emitido en septiembre de 1918 y perteneció a la cuarta serie de estos bonos, conocida como “Liberty Loan” (Préstamo por la Libertad).