domingo, 18 de marzo de 2012

Mao en vano

Las abultadas desigualdades explican el recurso nostálgico al maoísmo, campeón del igualitarismo, para recuperar la credibilidad perdida

 
Hace unas semanas la prensa china informaba de la reanudación de la producción de la mítica limusina Bandera Roja utilizada por Mao en sus desplazamientos oficiales. La producción se había detenido en 2010 pero ahora ha sido retomada con el aval de las autoridades. En paralelo, como antaño resurgen campañas de promoción de la figura de Lei Feng en respuesta, se dice, a la degradación moral de una parte de la sociedad. Lei se convirtió en una celebridad cuando Mao Tse-tung llamó al pueblo a aprender de él en 1963 y simboliza el altruismo, la dedicación y el valor del empeño.
Estas pequeñas anécdotas, que nunca fueron del todo desterradas del escenario político chino, se han venido complementando con propuestas y reflexiones de mayor profundidad y alcance. En Reformar nuestro concepto histórico-cultural, Zhang Musheng especula con el pensamiento maoísta para dar vida a una hipotética tercera vía a la china que debería explorar el espacio entre el inmovilismo autoritario y el mal remedio de los sistemas políticos occidentales. Con prólogo del general y comisario político del Ejército Popular de Liberación Liu Yuan, hijo de Liu Shaoqi, presidente de China de 1959 a 1968 y confinado de por vida por el propio Mao, la obra sintetiza gran parte de la corriente de pensamiento que promueve una Nueva Democracia para China, en alusión a un ensayo del Gran Timonel que data de 1940. Según Zhang, los errores habidos de 1949 en adelante se explican por haberse desviado de aquel rumbo.
Las experiencias del destituido Bo Xilai en Chongqing abundaban en estos parámetros prestando especial atención a la conformación de un modelo integral de socialismo de mercado alejado del denguismo, la propuesta que en las tres últimas décadas ha catapultado a China a los altos niveles de desarrollo conocido, y crítica también con la política moderadora de los desequilibrios auspiciada por Hu Jintao y Wen Jiabao. Limitada localmente, muchos no la tomaron en serio considerándola un artificio trasnochado, pero sus resultados planteaban el atractivo de aportar un margen inestimable de maniobra en condiciones de creciente dificultad. Ese mismo extremo llevaría a otros a buscar el modo y manera de ponerle fin haciendo caer a su principal símbolo, Bo Xilai.
En Hablando de la verdad por encima de la izquierda o la derecha, Zhang Musheng desgrana su propuesta de recuperación del “justo camino” sobre la base de superar las diferencias ideológicas entre izquierda y derecha para poner fin a los abusos de poder, la bipolarización social y completar la modernización del país preservando su soberanía.
Esta corriente reúne el apoyo de un significativo grupo de altos funcionarios, en su mayoría hijos de importantes líderes de la vieja guardia. Su fuerza pareció tal que incluso la jerarquía actual se vio obligada a multiplicar sus guiños maoístas para no dejar en manos de sus críticos un recurso de tal magnitud. Y quizás a idear intrigas a la vieja usanza para simplemente desembarazarse de incómodos competidores.
Hu, nacionalista convencido y próximo en sus inicios a algunos de los planteamientos de la nueva izquierda, ha multiplicado en los últimos tiempos declaraciones calificadas como conservadoras. Wen Jiabao, su alter ego, se hizo cargo de los alegatos reformistas y la reivindicación de la figura e ideario del liberal Hu Yaobang. Más que inexplicables bandazos, suman gestos en dirección a los dos espectros de su cualificado auditorio. Y ambos confluyen al apadrinar el experimento en curso en Guangdong para abrir espacios a la conformación de nuevos equilibrios que excluyan un reforzamiento del autoritarismo. Al unísono también compartirían una nueva fase en la conformación del modelo económico, en consonancia con las recomendaciones sugeridas recientemente por el Banco Mundial y por el Centro de Investigaciones del Desarrollo del Consejo de Estado que preside el propio Wen Jiabao. En manos de Xi Jinping y Li Keqiang está la continuidad del proyecto actual.
En este complejo escenario es imposible que no cundan los rumores de desafecciones y rupturas de los consensos en la cúpula china. La suma de ideas, personas y eventos nos ofrece un totum revolutum que refleja el desconcierto provocado en el Partido Comunista Chino por la esclerosis derivada de un balance de la reforma que pese a sus logros ofrece síntomas claros de desilusión en grandes capas de una sociedad que no alcanza a progresar individualmente de forma satisfactoria, contemplando frustrada como una minoría persiste en el acaparamiento y usufructo de las decisiones clave. El hecho de que las abultadas desigualdades expresen la quiebra de confianza en el poder explica el recurso nostálgico al maoísmo, campeón del igualitarismo, para recuperar la credibilidad perdida.
Quizá hubiera podido servir de asidero a algunas facciones para arropar de ideología sus ambiciones, pero la contradicción radica en que la superación de tal estado de cosas difícilmente podría afianzarse a través de una regresión política de difícil encaje en el tiempo presente. Por el contrario, solo cabe promover un dinamismo social autónomo que acote el inmenso poder acumulado por las oligarquías políticas y económicas. Pese a las invocaciones reformistas de Wen Jiabao, no parece que los vencedores de este primer round abanderen esta opción.
Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China.


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